El 4 de octubre de 1943, en Posen, Heinrich Himmler habló ante un auditorio de jerarcas de las SS, la organización armada del partido nazi, sobre el exterminio de los judíos de Europa y les pidió reserva. Era, dijo, una página gloriosa de la historia alemana que nunca se había escrito y que nunca debía escribirse. El régimen que construyó Auschwitz sabía lo que hacía y sabía cómo lo juzgaría el resto del mundo. Por eso levantó las cámaras de gas en territorio polaco ocupado, lejos de las ciudades alemanas. Por eso las órdenes hablaban de «solución final» y de «tratamiento especial». Por eso, desde 1942, destacamentos de presos desenterraron y quemaron los cuerpos de las fosas comunes, y por eso a fines de 1944, con el Ejército Rojo cerca, se dinamitaron los crematorios. En abril de 1945, cuando las tropas estadounidenses llegaron a Buchenwald, obligaron a los vecinos de la cercana Weimar a recorrer el campo. Muchos aseguraban que no habían sabido nada.
En Gaza nadie necesita que lo lleven a ninguna parte. El 20 de mayo de 2025, Moshe Feiglin dijo en el canal israelí Canal 14 que cada niño, cada bebé de Gaza, es un enemigo. Pidió ocupar la Franja, colonizarla y que no quedara en ella un solo niño palestino, y se opuso a que entrara ayuda humanitaria con un razonamiento que no necesita comentario: el niño al que hoy se alimenta matará dentro de quince años a los hijos de quien lo alimentó. Feiglin no es ministro. Fue diputado entre 2013 y 2015 y se presenta a las elecciones legislativas de 2026 en una lista conjunta con el partido de Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas. Habló sin eufemismos, a cara descubierta, desde una pantalla de televisión. Himmler pedía reserva a su auditorio; Feiglin le habla al país.
No es el desahogo de un exaltado aislado. En septiembre de 2025, la comisión independiente de investigación de la Organización de las Naciones Unidas concluyó que Israel es responsable de genocidio en Gaza, y entre las pruebas de la intención citó declaraciones del primer ministro enjamin Netanyahu, del presidente Isaac Herzog y del entonces ministro de Defensa Yoav Gallant. En enero de 2024, la Corte Internacional de Justicia ya había considerado plausibles los derechos que Sudáfrica invoca bajo la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y había ordenado a Israel prevenir actos de genocidio y castigar la incitación a cometerlos. El juicio de fondo sigue abierto y no hay sentencia a la vista. Amnistía Internacional llegó a la misma conclusión en diciembre de 2024, la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio en agosto de 2025, y también la organización israelí de derechos humanos B'Tselem.
La diferencia con Posen es de método, y es incriminatoria. El nazismo ocultó porque comprendía el significado de lo que hacía; la ocultación fue una forma de reconocimiento. Quien proclama su intención en televisión y exhibe la destrucción como una hazaña revela otra cosa: la apuesta a que la sanción no llegará, o a que llegará tarde. Con Auschwitz, el pueblo alemán pudo alegar después que no sabía. Con Gaza, esa excusa no existe.
Hay, con todo, una puerta que Israel mantiene cerrada. Desde octubre de 2023 impide que la prensa extranjera entre sola a Gaza. A fines de abril de 2026 se cumplían más de 930 días de prohibición, y la Corte Suprema israelí venía concediendo prórrogas al gobierno para que la justificara. El Comité para la Protección de los Periodistas contabiliza más de 250 periodistas y trabajadores de prensa muertos desde el 7 de octubre de 2023. Casi todo lo que se vio de Gaza lo filmaron y lo contaron sus propios habitantes, y lo demás lo dijeron quienes mandan. La transparencia tiene un perímetro: se toleran las palabras y se vetan los testigos.
Los números tienen el mismo origen que casi todo lo demás: Gaza. El Ministerio de Salud del enclave registraba más de 74.000 muertos al 29 de septiembre de 2026. Human RightsWatch, que usa esa fuente, contó más de 69.000 a fines de 2025, entre ellos más de 19.000 niños. Según The Guardian, los propios mandos militares israelíes aceptan como aproximadamente correcta una cifra cercana a 70.000; lo que discuten es cuántos eran combatientes. El 22 de agosto de 2025, la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria confirmó la hambruna en la gobernación de Gaza.
Gaza no es Auschwitz, y la comparación sirve de poco si se la usa como vara. Auschwitz fue una fábrica de muerte con horarios, trenes y archivos. La Convención de 1948 no exige esa arquitectura. Define el genocidio por la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y entre los actos que lo configuran incluye matar a sus miembros y someterlos deliberadamente a condiciones de existencia que acarreen su destrucción física. El hambre impuesta como método, los ataques a hospitales y la muerte de miles de niños figuran, para quienes han documentado el caso, entre esos actos. No hacen falta chimeneas en hornos crematorios.
La antropóloga Rita Segato sostiene que el Estado de Israel no es necesariamente un proyecto judío, que responde a intereses de Occidente, y teme que lo que ocurre arrastre consigo la historia de la inteligencia judía, de su desobediencia y su creatividad. Lo primero admite discusión. Para lo segundo hay un dato en contra: una de las organizaciones que llamó genocidio a lo que pasa en Gaza es israelí. Atribuir a un pueblo lo que hace un gobierno es el error que comparten, desde lados opuestos, los antisemitas y los defensores más estridentes de ese gobierno.
Este es el reflejo de una sociedad colonial enferma, que harán lo que haga falta para robarle las tierras a los nativos, un verdadero agujero de nazis supremacistas como este H1tl3r de origen ruso disfrazado con kipá.Gaza es Auschwitz con cámaras: el horror convertido en espectáculo mediático. Desde hace 75 años, el Estado de Israel oprime, humilla y mata, pero tras el 7 de octubre se transformó en una máquina de exterminio, masacrando a decenas de miles de palestinos. ¿Cómo un pueblo históricamente perseguido pudo convertirse en verdugo sediento de crueldad? La ferocidad israelí no busca solo venganza; es el colapso de la razón misma. La crueldad, como deseo perverso de infligir dolor, se funde con el instinto animal de conservación y la práctica colonial de limpieza étnica.
El proyecto humanista ha fracasado. Gaza demuestra que ya no gobiernan ni el lenguaje ni la razón, sino la violencia asesina como norma de lo humano. En esta era, el lenguaje miente y somete; el pensamiento crítico solo constata su impotencia. La civilización, al igual que la democracia, se extingue. ¿Qué futuro no será mortífero? ¿En qué promesa de esperanza creer?
“Gaza es el primer acto de una guerra mundial desatada por el supremacismo blanco en declive contra la humanidad. Hoy, quien conserve la ética y la empatía solo puede sentir desesperación. Lo que está haciendo Israel es terminar con la inteligencia judía que modeló la manera de ver la realidad en el siglo XX en Occidente, que viene ya desde Spinoza. Pero en el siglo pasado ya tuvimos una remodelación de las sensibilidades. Y son en gran medida judíos los que lo han hecho: eran judíos sin Estado. Y la creación de un Estado judío acabó con los Marx, Levinas, Freud, Walter Benjamin, Levi-Strauss, Hannah Arendt, Einstein, Jonas Salk, quien fue el inventor de la vacuna contra la poliomielitis, que le salvó la vida a la humanidad, y cuando le pidieron que la patentara, dijo que “es de la gente”. Hubo una judeidad grandiosa, generosa e inteligentísima, porque pudieron ver el mundo desde los márgenes y criticarlo sin lealtad estatal. A esa inteligencia judía la mataron quienes crearon el sionismo y fundaron el Estado de Israel, a quienes les importa un pepino la judeidad. Lo hicieron por un interés propio y el de Inglaterra y EE.UU; y han caído en esa trampa por la fragilidad después de la Segunda Guerra: el sionismo es una trampa para la judeidad y cayeron en ella en un momento de gran debilidad, en el que no pudieron pensar bien a quién le convenía la fundación de ese Estado: ciertamente, no a los judíos. La trampa es que Israel es un brazo del imperio en el Medio Oriente y es muy triste que así sea para las personas que tenemos alguna sangre judía. Porque esa inteligencia judía fue siempre insurgente y crítica. Israel es un golpe a la judeidad". Rita Segato. Los vecinos de Weimar fueron llevados a Buchenwald para que no pudieran alegar ignorancia. A los gobiernos de hoy no hace falta llevarlos a ningún campo. El material llega a sus pantallas, sus propios organismos lo ponen por escrito y los tribunales lo examinan. En 2007, en el caso de Bosnia, la Corte Internacional de Justicia estableció que la obligación de prevenir el genocidio nace cuando un Estado sabe, o debería saber, que existe un riesgo serio de que se cometa; no espera a la sentencia. La comisión de las Naciones Unidas pidió que se suspendan las transferencias de armas a Israel. Himmler pidió que la página no se escribiera. Esta se está escribiendo a la vista, con nombres, fechas y declaraciones de sus protagonistas.
En la guerra híbrida que acompaña al reordenamiento geopolítico, donde se pelea con relato, vigilancia y derecho penal además de con armas, la palabra terrorismo sirve para cerrar una discusión antes de que empiece. Argentina ofrece un caso reciente. En julio, el presidente Javier Milei calificó de «propaganda terrorista» la proyección del documental La gran Palestina en la Universidad Nacional de Rosario y sugirió que la universidad avalaba el fomento del terrorismo. El rector, que además preside el Consejo Interuniversitario Nacional, respondió que la proyección no tenía autorización institucional y pidió disculpas a la comunidad judía argentina. El director de la película, el mexicano Rafael Rangel, cuenta que Milei lo calificó de «cineasta terrorista». Un documental no es una célula ni un aula universitaria un campo de entrenamiento, pero la palabra hizo su trabajo: una institución pública terminó disculpándose por haber exhibido una película que denuncia y documenta el genocidio.
El rótulo tiene ahora un correlato policial. El 30 de septiembre, la Policía Federal allanó en Rosario las casas de Mariano Soria, docente de Historia y dirigente de Izquierda Socialista, y de otra integrante de la Asamblea Acción por Palestina, vicepresidenta de un centro de estudiantes. Por orden de la fiscal federal Federica Tiscornia se llevaron teléfonos, computadoras, folletos y libros, entre ellos La limpieza étnica de Palestina, del historiador israelí Ilan Pappé. Según la prensa local, la causa nació de una jornada realizada en abril en la sede del sindicato de la Asociación de Trabajadores del Estado por el Día del Prisionero Palestino. Soria dice que nunca había sido notificado de ninguna causa; sus abogados, de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, dicen que desconocen la carátula. El Frente de Izquierda denuncia que el operativo se ampara en la excusa del «ciberterrorismo» y que busca endilgarles antisemitismo por condenar lo que ocurre en Gaza. La mesa de organismos de derechos humanos de Rosario repudió los allanamientos. Primero se instala el rótulo en el discurso presidencial; después, la maquinaria judicial y policial cae sobre quienes proyectan, publican y marchan por Palestina.
Weimar se defendió con el «no sabíamos». Los gobiernos de hoy tendrán que inventar otra defensa. Y los gobiernos que, como el de Milei, niegan el genocidio y persiguen a quienes defienden los derechos humanos, son cómplices de estos crímenes.
Por Ignacio Stankewitsch

