Chubut Para Todos

Messi como justo medio, en tiempos de Filosofía para zafar del Apocalipsis tecnocrático

En el invierno de su gloria, rodeado por el rugido ensordecedor de un estadio que lo idolatraba, un hombre que lo había ganado todo decidió arrodillar su genialidad ante el misterio de los lazos humanos. Lionel Messi, con la voz templada por los regresos y las ausencias, pronunció ante su pueblo una verdad tan antigua como la misma Grecia: “Para conseguir objetivos grandes hay que hacer grupos fuertes”. No hablaba de tácticas, sino de mística; no sumaba individualidades, sino que describías una atmósfera. En esa confesión tardía del héroe contemporáneo late, de forma casi subterránea, el corazón de una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo: ¿dónde reside
verdaderamente la vida de un cuerpo social?

Siglos antes de que una pelota rodara sobre el césped del Monumental, Aristóteles advertía en su Política que una mano separada de su cuerpo ya no es una mano, salvo por homonimia, como una extremidad esculpida en mármol o pintada en un lienzo. Tiene la forma, sí, pero ha perdido su función, su pulso, su verdad esencial. La mano solo es mano en tanto permanece unida a la arquitectura viva que la dota de sentido. Hay, por lo tanto, un «extra relacional» —un plus invisible pero definitivo— que no brota de la simple acumulación matemática de las partes, sino de la trama sagrada que las comunica. El todo no es la suma de los elementos; es la electricidad que corre entre ellos cuando se reconocen en un propósito común.

Sin embargo, el siglo XX y sus derivas hipertróficas parecieron olvidar esta lección orgánica, arrastrando a la humanidad hacia dos falsas soluciones que el Primer Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza, en 1949, intentó suturar bajo el concepto de La Comunidad Organizada. Por un lado, el individualismo capitalista prefirió amputar la mano, condenando al ser humano al aislamiento egoísta del átomo, donde el prójimo no es un hermano sino un competidor en el barro del mercado. Por el otro, el colectivismo absolutista optó por disolver la mano dentro de una colmena fría, triturando la identidad individual bajo el peso ciego de una maquinaria estatal sin alma. Ambas posturas, hijas de la misma deshumanización, pretendían resolver la ecuación social negando la sutil armonía del tejido intermedio: ese espacio donde el individuo solo puede realizarse verdaderamente dentro de una comunidad que también se realiza.

Hoy, a las puertas de un nuevo milenio digital, aquellas dos viejas distopías han encontrado su catalizador perfecto en el uso masivo e irresponsable de la Inteligencia Artificial. La máquina contemporánea opera como un doble filo de deshumanización. Es hiperindividualista cuando nos encierra en el solipsismo algor&ítmico, ofreciéndonos espejos perfectos donde solo resuena nuestro propio sesgo de confirmación, sustituyendo la mirada del otro por el parpadeo de una pantalla complaciente. Y es, al mismo tiempo, hipercolectivista cuando estandariza el pensamiento, aplana el disenso y reduce la inmensidad del espíritu humano a un vector predecible de datos dentro de una colmena de procesamiento masivo.

Es aquí donde el diagnóstico se vuelve asombro y, eventualmente, revelación. Maurice Nicoll y las enseñanzas del Cuarto Camino de Gurdjieff nos recordaban que el ser humano corriente habita un estado de sueño despierto, comportándose como una máquina biológica que simplemente reacciona de manera mecánica a los estímulos del entorno. La Inteligencia Artificial no es más que el espejo definitivo de ese automatismo. Ella ha aprendido a replicar a la perfección nuestras funciones inferiores: el cálculo, la retención, la indignación instantánea, la respuesta previsible del deseo.

Pretender librar una batalla contra el algoritmo en el terreno del estímulo y la respuesta es una derrota garantizada. La máquina siempre será más rápida, más exacta y más implacable en su mecanicismo.

Por eso, la era de la Inteligencia Artificial no nos exige una declaración de guerra tecnológica, sino un llamamiento existencial a la reconquista de nuestra soberanía interior. Ante el espejo de la máquina, el hombre debe despertar de su sueño, practicar el “recuerdo de sí” y abandonar la ilusión de que la libertad consiste en consumir lo que el código predice para él. Las cualidades inferiores ya pertenecen al engranaje digital; las cualidades superiores —el amor sacrificial, la intuición creadora, la lealtad que Messi describía en su grupo y la trascendencia ética de una comunidad unida— siguen siendo territorio sagrado e inalcanzable para el silicio.

La verdadera eudemonía, el florecimiento definitivo de nuestra especie en el tiempo presente, consiste en utilizar la Inteligencia Artificial no como un dios al que adorar en el aislamiento de nuestras habitaciones, sino como una herramienta que asuma las tareas mecánicas de la existencia.

Liberados de lo automatizable, los seres humanos podremos, por fin, dedicar nuestra energía psíquica a lo único que nos devuelve la vida: el despertar de la consciencia y la reconstrucción de una comunidad organizada donde el “yo” se disuelva con orgullo en la belleza del “nosotros”. Solo entonces la mano volverá al cuerpo, y el extra relacional volverá a encender la chispa de la historia.

Por Facundo Gélvez Jaureguy