Una regla de oro en política dice que nunca hay que mostrar las cartas. Matías Taccetta parece haber llevado esa máxima al extremo: quienes lo conocen de cerca resumen su estilo en decir una cosa y hacer exactamente la contraria. Con el tiempo, esa dinámica le dejó un tendal poco común de funcionarios eyectados y dirigentes decepcionados, al punto de ganarse un apodo que circula con fuerza en los pasillos locales: "la máquina de picar funcionarios".
Cuando ganó la intendencia por primera vez, un periodista local repetía al aire, una y otra vez, una frase que con el tiempo sonaría casi a profecía: "ahora van a conocer al verdadero Taccetta". No tardó mucho en cumplirse.
La historia empezó, de hecho, antes de su llegada al sillón municipal. Se cuenta que un grupo de amigos solía juntarse a comer mientras proyectaba ver a uno de los suyos en la intendencia. Entre los comensales estaban Taccetta y Luis María Aguirre, quien más tarde se sumaría a la gestión. Pero la sociedad no sobrevivió al poder: al asumir, el flamante jefe comunal le bajó el precio a su antiguo compañero de mesa y dejó de atenderle el teléfono. La tensión escaló hasta que Aguirre terminó fuera del gabinete.
No fue la única baja. Américo Austin —un funcionario conocido por su paciencia y buen trato, con quien resulta casi imposible pelearse— corrió un destino similar. Trascendió que prefirió dar un paso al costado antes de profundizar el conflicto, incómodo con el trato hacia el equipo. Tiempo después una amiga del intendente, optó por alejarse del gabinete para preservar ese vínculo, al no tolerar un día más de convivencia política.
La lista continúa: Marcelina Angiorama, Rocío Ferre, Mariano Riquelme y Pablo Larregui son otros nombres que quedaron en el camino, hoy relegados al margen. El fenómeno tampoco se limitó al Ejecutivo. En el Concejo Deliberante renunció la primera concejal, la escribana Norma Trucco, y otros ediles del bloque oficialista terminaron tomando distancia. Hoy, casi nadie dentro de ese espacio le responde con el compromiso del comienzo.
El caso de Raúl Santander, extitular de la Junta Vecinal del Barrio Ceferino, ilustra el mismo patrón: uno de los militantes que más caminó la calle junto a Taccetta habría recibido la promesa de un cargo que nunca se concretó, seguida del habitual silencio telefónico.
A esta lista de vínculos rotos se suma una contradicción no menor: Taccetta fue pieza clave en gestiones anteriores, donde ocupó un lugar de peso e indispensable para el funcionamiento del poder de turno. Sin embargo, hoy se despega de esos gobiernos y los cuestiona públicamente con la vehemencia de quien nunca formó parte de ellos, como si hablara desde la vereda de enfrente.
Lo llamativo es que, pese al desgaste, el intendente conserva margen de maniobra dentro del tablero político. Aunque mantiene una alianza formal con el radicalismo, a la hora de asignar áreas clave prioriza a dirigentes de extracción peronista, como evidencia la centralidad otorgada a Juan Ripa. En esa misma línea, sumó recientemente al exdirigente vecinal del barrio 28 de Junio, Gastón Escobar, ampliando un esquema que combina lealtades cruzadas con una alta rotación en el propio equipo.
Tampoco los funcionarios son los únicos decepcionados. El desgaste alcanzó también a vecinos y comerciantes que alguna vez le creyeron, y que hoy engrosan una lista que crece a la par de sus años en el poder.
El resultado es la paradoja que mejor lo define: un dirigente que construyó su discurso en contra del populismo, pero que en el ejercicio diario del poder lo aplica con fluidez, y que hoy critica desde afuera lo que ayer sostuvo desde adentro. Ahora, de cara a la reelección, Taccetta busca un nuevo nicho donde volver a aplicar la misma estrategia que lo trajo hasta acá. La pregunta que queda flotando es si la fórmula seguirá rindiendo frutos: ¿le volverá a servir? ¿Le volverán a creer?
Continuará...
Por El cordillerano en modo electoral

