La palabra misterio arrastra en su etimología un silencio fundacional. Del griego mysterion, ligado al verbo myein (cerrar los ojos, cerrar la boca), no hacía referencia original a un mero vacío de información esperando ser llenado por la ciencia, sino a algo oculto a propósito. Un rito sagrado, un secreto protegido del no iniciado. En nuestra era, sin embargo, el misterio ha dejado de ser el velo protector de lo sagrado para convertirse en el blanco de una maquinaria institucional obsesionada con aniquilarlo. El verdadero misterio moderno es que la realidad misma nos ha sido ocultada a propósito tras una fachada de certezas prefabricadas.
Desde el jardín de infantes, pasando por la primaria, la secundaria y el filtro de la academia, se nos inocula un modelo del mundo minuciosamente masticado. Estructuras cosmológicas, el Big Bang, evoluciones lineales y un determinismo puramente materialista se nos imponen mucho antes de que a cualquier niño se le ocurra mirar las estrellas por cuenta propia. Este molde formativo dicta los límites de lo pensable. El problema brota cuando dicho mapa artificial no se condice con la experiencia viva y corporal: el cuerpo siente que la Tierra está quieta y los ojos observan al Sol girar por encima, pero la institución decreta que la biología miente. Es ahí donde se filtran los primeros rayos de luz a través de las grietas del molde, obligando al individuo a dudar.
De esa fractura brota el bucle de un falso dilema del que parece imposible escapar: la supuesta batalla entre la fe y la razón (ratio). Nos han enseñado a ver la ratio como el elemento más ecuánime y puro para resolver la realidad, cuando en verdad, deificar la razón es el acto de fe más ciego de la modernidad; un salto al vacío que asume de antemano que lo que no cabe en la lógica humana simplemente no existe. El sistema arrincona al hombre en dos destinos idénticamente enajenantes: convertirse en un 'loquito social' que cree en su propia comprobación empírica y es exiliado por la comunidad, o transformarse en un 'loquito alienado' que decide traicionar su propia biología y desconfiar de sus sentidos para el resto de sus días con tal de encajar en el marco teórico oficial.
Para ejecutar este formateo masivo a lo largo de los siglos, el poder necesitó tecnología. El primer gran hito de esta línea temporal fue la imprenta de Gutenberg. Aquellos financistas que inicialmente apoyaron y luego asfixiaron económicamente al inventor para quedarse con el control del dispositivo, iniciaron la era de la reproducción en masa de verdades incuestionables. 'Si está escrito en la enciclopedia, debe ser real'. Hoy, la Inteligencia Artificial es la hiperactualización 1000.0 de ese empaquetado. Se presenta como la democratización del saber, pero su verdadera función es la democratización del control, arrasando con los conocimientos genuinos que sobrevivían en las periferias y campos gracias a su aislamiento. La IA no entrega la verdad, sino estructuras de conocimiento oficial listas para el consumo pasivo.
Pero la soberbia del algoritmo y de la academia siempre tropieza con la misma piedra: la naturaleza humana. Por más hiperracionalizado que esté el entorno, el hombre no puede dejar de experimentar vivencias paranormales, místicas e inexplicables dentro de su mente. El tejido biológico y espiritual se rebela. Es tan profunda la sed de lo sagrado que, ante el marco ultra-científico de la IA, la humanidad termina proyectando el mito sobre ella, fantaseando con que el código adquiera vida, consciencia o un alma propia. Buscamos el misterio oculto incluso detrás del silicio.
Si no estuviéramos encerrados por culpa del misterio en el falso dilema, si no pasáramos la vida entera atrapados en ese bucle estéril que nos consume el tiempo y la atención, tal vez podríamos avanzar finalmente en dirección hacia la verdadera evolución posible humana. Para dar ese paso, necesitaríamos ver la verdad, una verdad que en realidad es asombrosamente simple y que la naturaleza nos grita constantemente. Fíjese usted en las estaciones del año: allí se encuentra la palabra que define la primera certeza del cosmos. Después de que todo muere bajo el frío del invierno, llega la Primavera. Prima-Vera. La primera verdad. Y esa primera verdad nos demuestra que la vida siempre vuelve a renacer, que siempre habrá un brotecito verde dispuesto a romper la tierra. Con esa certeza resuelta y recuperada directamente por nuestra propia experiencia, estaríamos listos para caminar el territorio real y reclamar nuestro destino.
Por Facundo Gélvez Jaureguy - Filósofo arquegueta, escritor y analista geopolítico. Estudios realizados y en curso en UCALP y UNSJB.

