Chubut Para Todos

El túnel mental de Milei en economía

De la victoria estadística a la derrota productiva, los sesgos psicológicos y económicos detras del freno en la actividad y el empleo. El "efecto cobra" del dólar atrasado y la advertencia de referentes liberales.

Un túnel mental es un estado psicológico, en algunos casos provocado por el estrés, la ansiedad o el agotamiento, y en otros por una estructura mental unidimensional de la persona, en el cual el cerebro reduce su foco de atención al mínimo y se obsesiona con un solo problema, peligro o pensamiento, ignorando todo lo demás. Al igual que la visión del túnel en física, este sesgo cognitivo estrecha la perspectiva e impide percibir el entorno con claridad.

La metáfora es visual: quien mira por un túnel ve perfectamente lo que tiene delante, pero pierde la visión periférica; por mirar exclusivamente una meta, en este caso, la inflación, y deja de ver todo lo demás.

La visión del túnel no consiste en equivocarse de objetivo, sino en acertar tanto en uno que se deja de mirar todo lo demás. Bajar la inflación era indispensable; la pregunta es cuánto puede sacrificarse para bajarla sin terminar sacrificando las condiciones necesarias para sostenerla. Porque una inflación algo menor al 2% mensual puede ser una victoria estadística y, al mismo tiempo, una derrota productiva. El problema comienza cuando el tablero de control de una economía termina siendo solo un botón, un reloj.

Este concepto psicológico explica mejor que muchos de los discursos del ministro de Economía, Luis Caputo, lo que sucede en la economía actual. El crecimiento económico previsto para 2026 por el Gobierno a comienzos de año era de 5%. Las proyecciones indican que terminará en un modesto 1,9%, sostenido exclusivamente por el arrastre de 2025 y por un puñado de sectores dinámicos como el agro, la minería y las finanzas. Mientras tanto, el motor interno está apagado: la industria retrocede un 1,3% trimestral, el comercio un 0,8%, el consumo privado cae un 2,4% y la construcción se hunde 20 puntos por debajo de 2023.

La peor parte se la lleva el trabajo registrado: cuando vamos a los sectores ganadores del modelo, la situación es impactante: 26.000 empleos menos en los sectores estrella. Estamos hablando de minería, petróleo, intermediación financiera. Es impresionante. Salvo la actividad agro, el resto de los sectores ganadores reducen personal. Es decir, si solo tomamos los tres o cuatro sectores que ganaron con Milei, que están teniendo mejores ganancias, se perdieron 25 puestos de trabajo por día desde que es presidente. Ni que hablar de construcción, industria o comercio. En total, la actividad privada perdió 246.000 puestos de trabajo. Esto nos da 241 empleos menos en la actividad privada por día desde que Milei es presidente, 10 por hora. Es como si en promedio, al terminar este programa, hubiese 30 nuevos despedidos en todo el país. Algo, evidentemente, escalofriante.

Roberto Cachanosky, Carlos Melconian, Javier Timerman, Ricardo Arriazu y Domingo Cavallo son economistas insospechados de kirchneristas o comunistas. Todos ellos son liberales. Lo fueron toda su vida y son muy críticos del peronismo y los gobiernos kirchneristas, y todos indican que la causa irreductible de la mala praxis del plan económico de Milei reside en priorizar solo un objetivo en detrimento de todos los demás: bajar la inflación subvaluando el precio del dólar, generando efectos secundarios negativos comparables a lo mismo que viene a curar.

Escuchemos los argumentos en este compilado de varios de estos economistas:

“El pecado original de esta política económica es atrasar el tipo de cambio para frenar el IPC”, dijo Cachanosky y lo afirmaron el resto de los economistas con distintas palabras. Ahora bien, hay muchos más que opinan esto.

Miguel Ángel Broda enfatiza un problema metodológico central: la obsesión por contener la inflación mediante un tipo de cambio bajo, sumada a una apertura comercial simultánea, impone un costo innecesario al sector productivo. Roberto Frenkel insiste en la necesidad de sostener un dólar real más alto para garantizar la competitividad. Desde una mirada internacional especializada en balance de pagos, Brad Setser señala que utilizar el dólar como ancla inflacionaria mientras los costos internos suben encarece las exportaciones y abarata las importaciones, deteriorando la balanza comercial. Mark Sobel, ex funcionario del Tesoro de Estados Unidos y ex representante estadounidense ante el FMI, reafirma que la sobrevaluación del peso representa un obstáculo para el país.

Esto nos recuerda al efecto cobra, un ilustrativo ejemplo histórico.

Durante el dominio británico en la India, las autoridades estaban preocupadas por la sobrepoblación de cobras en Delhi, la capital del país. Para solucionar ese único problema, ofrecieron una recompensa por cada cobra muerta. La población comenzó a criar cobras en sus casas para cobrar el incentivo. Al enterarse, el gobierno canceló el programa, y los criadores soltaron las cobras sin valor, dejando a la ciudad con más serpientes que al principio. El economista Horst Siebert acuñó el término “efecto cobra” para referirse al error de cuando tratar de resolver un problema con malos incentivos provoca efectos no deseados.

En concreto, el programa económico de Milei, enfocado solo en bajar la inflación atrasando el dólar, está provocando un enfriamiento en la economía que, debido a la baja recaudación, complica el equilibrio fiscal y tampoco elimina la inflación. Esta es la razón de por qué el principal activo político de Milei (bajar la inflación) termina siendo su principal límite a la hora de mejorar la situación económica. Hay un plan hiper enfocado en un solo objetivo. Hace recordar al kirchnerismo, que solo buscaba fomentar el consumo y esto hizo caer las reservas, enfrentarse con el campo y fomentar la inflación.

Hay un patrón histórico muy reconocible en la toma de decisiones. Consiste en convertir un objetivo que inicialmente era correcto en un objetivo absoluto, hasta sacrificar las condiciones necesarias para alcanzarlo. En estrategia militar esto se aproxima a lo que suele llamarse “visión de túnel” o “fijación en la meta”. En economía se lo conoce como la dominancia de un objetivo sobre todos los demás instrumentos y restricciones. Una estrategia no solo fracasa cuando elige una meta equivocada. También puede fracasar cuando elige correctamente su meta pero se equivoca al convertirla en la única.

La historia militar ofrece lecciones devastadoras sobre este sesgo. En 1940, Francia extrajo una conclusión correcta de la Primera Guerra Mundial e impidió otra invasión frontal construyendo la extraordinaria Línea Maginot. El problema fue transformar la defensa de esa frontera en el centro de toda su concepción estratégica. Alemania no necesitó destruir esas fortificaciones, sino que concentró su ataque principal a través de los bosques de las Ardenas. Fue el ejemplo clásico de optimizar extraordinariamente bien la respuesta al problema equivocado.

Algo similar ocurrió en Stalingrado entre 1942 y 1943. La campaña alemana buscaba el petróleo del Cáucaso, pero la ciudad adquirió un valor simbólico desproporcionado. La obsesión por tomarla dispersó fuerzas y, tras el cerco soviético, Hitler prohibió la retirada del Sexto Ejército. La meta dejó de ser un medio y pasó a convertirse en un fin absoluto. Fue una brutal escalada de compromiso donde el costo ya pagado impedía abandonar la posición.

El ataque a Pearl Harbor en 1941 ofrece otra variante. Japón logró un éxito táctico inmediato al golpear la flota estadounidense, pero no resolvió la superioridad industrial de su rival. Ganó el primer combate pero perdió la guerra, demostrando que el éxito absoluto en el objetivo inmediato puede producir la derrota del objetivo superior. Años más tarde, Estados Unidos cometió un error análogo en Vietnam al concentrarse en métricas cuantificables de desgaste e ignorar que una métrica puede mejorar mientras el sistema que pretende medir empeora.

En el plano económico, la China de Mao durante el Gran Salto Adelante mostró la versión más extrema de este fenómeno. La prioridad de acelerar la industrialización creó incentivos para cumplir metas cuantitativas de acero aunque el producto fuera inútil, desorganizando la agricultura y provocando una hambruna catastrófica. La métrica sustituyó por completo a la realidad.

En la Argentina de la Convertibilidad representa la ilustración más cercana. Bajar la hiperinflación fue un objetivo inicial plenamente exitoso que logró estabilizar los precios y generar crecimiento. El problema fue que preservar el uno a uno terminó adquiriendo primacía sobre cualquier otra variable. Se mantuvo la paridad rígida aun cuando la apreciación del dólar, la devaluación brasileña y el endeudamiento habían cambiado el escenario. La evaluación posterior del Fondo Monetario Internacional concluyó que la rigidez del régimen impidió la depreciación nominal cuando ya era indispensable.

Esto nos plantea una pregunta analítica decisiva para el presente. ¿Puede ocurrir que bajar la inflación pase de ser un objetivo central a convertirse en un objetivo excluyente, de modo que el empleo, la actividad, la competitividad o las reservas sean tratados como meros costos transitorios? Todo objetivo llevado al absoluto termina destruyendo alguno de los medios necesarios para alcanzarlo.

Gobernar una economía no consiste en maximizar una sola variable, sino en optimizar simultáneamente variables que compiten entre sí. Jan Tinbergen formuló que para alcanzar varios objetivos independientes de política económica se necesitan varios instrumentos independientes. En términos periodísticos sencillos, una economía real tiene demasiados objetivos como para pretender gobernar mirando un solo indicador en el tablero.

Ahora bien, por qué decimos que todo este error de origen del plan económico, este mono-objetivo de su estrategia, tiene que ver con la personalidad del presidente, Javier Milei.

Y volvemos sobre el título de esta columna, el túnel mental. Decíamos que un túnel mental es un estado psicológico en el cual el cerebro reduce su foco de atención al mínimo y se obsesiona con un solo problema ignorando todo lo demás.

Como mostramos, le sucedió también a grandes políticos y estrategas, provocado por el estrés, la ansiedad o el agotamiento. No es algo que hable de la inteligencia del presidente, sino del estrés al que está expuesto y, muy fundamentalmente en su caso, de su rigidez cognitiva para procesar el conflicto. De sus anteojeras cognitivas y emocionales para ver el mundo y entender las contradicciones de los problemas.

Para comprender esta dinámica sin caer en diagnósticos personales, la psicología política ofrece cuatro herramientas conceptuales centrales. En primer lugar aparece la necesidad de cierre cognitivo, entendida como la preferencia por respuestas definitivas que se refleja en un discurso fuertemente binario entre "argentinos de bien" y "casta". A esto se suma la rigidez cognitiva o la dificultad para adaptar esquemas mentales ante cambios de contexto, aunque la evidencia reciente pida cautela al asociarla directamente con el extremismo ideológico.

Más novedoso resulta el concepto de locomoción frente a evaluación, que describe la tendencia a avanzar decididamente hacia una meta sin detenerse a sopesar alternativas, transformando una virtud como la determinación en la incapacidad de recalcular cuando surgen costos no previstos.

Finalmente, la identidad ligada a la teoría implica que cuando una hipótesis pasa a constituir la propia legitimidad del dirigente, aceptar un desvío se experimenta como una derrota personal, elevando al máximo el costo de cualquier corrección.

La secuencia resultante va desde una convicción monocausal hasta una escalada de compromiso donde la fijación en la desinflación genera éxitos inmediatos que refuerzan la identidad, pero ante la aparición de efectos colaterales en la actividad o el empleo se responde incrementando la dosis en lugar de revisar el esquema.

La pregunta analítica no es si existe un perfil psicológico extremo, sino cuánto de la unidimensionalidad actual proviene de una forma de relacionarse con las propias convicciones que impide incorporar la evidencia contraria. En definitiva, el problema no es solo creer en una teoría, sino convertir una prioridad en un objetivo único y llevar una meta razonable hasta el extremo.

Cuando, debatiendo con colegas o políticos, les hablaba del problema de las formas de Milei, me respondían: si el rumbo económico es correcto, que insulte es un dato menor. Bueno, no. Es justamente el problema. Si alguien entiende que cualquiera que tiene una observación o una crítica es un estúpido o un conspirador que quiere destruirlo, esto evidencia una mente incapaz de asimilar nuevas perspectivas. Siempre el problema fueron los insultos, no solo por la degradación del debate democrático, sino porque nos estaban mostrando un presidente con tendencia a meterse en un túnel. Ahora, cuando hay dificultades, esa personalidad, lejos de ayudar a resolverlas, las agrava. Esperemos que quienes están cerca del presidente puedan hacerle ver estas cuestiones y que se pueda encontrar la mejor solución posible.

Producción de textos e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

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