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El dilema de los setenta: ¿Por qué la juventud de Montoneros eligió las armas?

7 de septiembre de 2026

Cada 7 de septiembre, la historia argentina reciente vuelve al centro del debate. La fecha, instalada en el calendario político como el "Día del Montonero" —en conmemoración de la muerte de sus fundadores Fernando Abal Medina y Carlos Ramus en 1970—, invita a mirar el pasado más allá de las consignas. Nos obliga a hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué llevó a miles de jóvenes de clase media y alta a dejar sus realidades acomodadas y volcarse junto a sectores populares y obreros a la militancia armada?

Para la sociología y la política, este fenómeno es el ejemplo perfecto de una tensión histórica: el choque entre la conciencia individual y la estructura social.

Entre la decisión personal y la trampa del contexto

Si miramos el fenómeno desde la conciencia, los integrantes de Montoneros actuaron bajo una profunda convicción ética y política. No eran autómatas; eran sujetos con voluntad, ideales de justicia social y una lectura particular de la realidad que los rodeaba. Desde su perspectiva, la resistencia armada era una elección consciente, una respuesta lógica y un compromiso de vida (y muerte) para transformar el país y lograr el regreso de Juan Domingo Perón.

Sin embargo, ningún ser humano elige en el vacío. Ahí es donde entra el peso de la estructura. Los años 60 y 70 estuvieron marcados por un contexto que moldeaba las opciones disponibles: dictaduras militares sucesivas, la proscripción del peronismo que clausuraba la vía democrática, la Guerra Fría y el impacto global de la Revolución Cubana. Para muchos jóvenes de la época, las instituciones tradicionales estaban rotas. La estructura social y política empujaba hacia la radicalización; la violencia del sistema parecía cerrar cualquier otra salida.

La mirada de Perón: entre el elogio táctico y el freno estructural

El propio Juan Domingo Perón entendió y utilizó esta tensión de manera magistral desde su exilio en Puerta de Hierro. Comprendía la conciencia revolucionaria de la "juventud maravillosa", pero siempre leyó el escenario desde las frías dinámicas de la estructura del poder.

En los inicios de la década de 1970, cuando la violencia guerrillera desgastaba a la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, Perón legitimaba la acción de las organizaciones armadas como una necesidad del contexto estructural. En una de sus tantas cartas y mensajes a la militancia, sintetizó esta idea con una frase que quedó grabada en la época:

"Si yo tuviera veinte años menos, usaría alpargatas y una ametralladora, y me iría a la montaña a pelear por la liberación del país".

Con estas palabras, Perón validaba la decisión consciente y el fuego sagrado de los jóvenes, pero también justificaba el uso de la fuerza como una respuesta inevitable a la estructura de una Argentina dependiente y militarizada. Años más tarde, con su regreso al país y el cambio de la estructura política hacia la legalidad democrática, esa alianza táctica se rompería de forma trágica en la Plaza de Mayo.

A más de cinco décadas de aquellos hechos, el aniversario de hoy nos recuerda que la historia no la escriben personas totalmente libres ni sistemas completamente rígidos. Los jóvenes de los setenta tomaron decisiones con su propia conciencia, pero lo hicieron atrapados en el laberinto de una estructura de violencia que terminó marcando a fuego el destino del país.

Por Jerónimo García