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La “trampa” de los chicles Beldent y Topline sin azúcar y los riesgos de consumirlos en exceso

Aunque se presentan como una alternativa al chicle con azúcar, Beldent y Topline contienen polialcoholes, edulcorantes y otros aditivos que pueden generar efectos digestivos y otros cuestionamientos cuando se consumen en exceso.

Mascar chicle no es una costumbre nueva, pero sí muy extendida. Con las décadas, el hábito en jóvenes y adultos se adaptó de la versión con azúcar a la reducida en calorías, sin pensar que el componente central sigue siendo el mismo, el mecanismo de consumo idéntico, y los componentes de los edulcorantes acalóricos, tanto o más cuestionables que la sacarosa.

El mercado del chicle en Argentina está dominado por dos jugadores. Mondelez lidera con Beldent, desde 1983 el primer chicle sin azúcar del país, además de producir Bubbaloo y Bazooka, orientados al público infantil y adolescente. Arcor lidera el segmento sin azúcar con Topline, lanzado en 1991.

Qué es un chicle

El componente central de cualquier versión de chicle es la goma base: entre el 20% y el 30% del producto. No es comestible ni digerible, es lo que da la textura elástica y sostiene al resto de los ingredientes. Hasta mediados del siglo XX se fabricaba con chicle natural, el látex del árbol Manilkara zapota, pero la mayoría de las marcas actuales usa bases sintéticas derivadas del petróleo: polietileno, acetato de polivinilo y copolímeros de estireno-butadieno, combinados con resinas (colofonia, goma éster), ceras (parafina, cera microcristalina) y plastificantes.

Aunque esta goma es protagonista, el mayor porcentaje del chicle se lo llevan los endulzantes y texturizantes: si el chicle es reducido en calorías, la cantidad y variedad de edulcorantes es enorme en todas las fórmulas. Un Beldent lleva sorbitol, jarabe de maltitol, manitol, xilitol, edulcorante no nutritivo aspartamo, edulcorante no nutritivo acesulfame k, edulcorante no nutritivo sucralosa. Esa lista sólo enumera sus endulzantes. El Topline es prácticamente igual.

El mayor potencial de malestar sintomático lo generan los polialcoholes (sorbitol, manitol, maltitol, xilitol), presentes en casi todos los chicles “dietéticos” argentinos. Se absorben mal en el intestino delgado y en el colon actúan como agentes osmóticos que arrastran agua y son fermentados por la microbiota. En exceso producen gases, distensión abdominal y diarrea. Varias presentaciones de Beldent comercializadas en la región llevan la advertencia “puede tener efectos laxantes” en su rotulado. Si bien la cantidad por chicle es modesta, el problema es que este tipo de polialcoholes se encuentran escondidos en productos como aderezos de mesa, rellenos de golosinas, dulces y mermeladas, gelatinas, pastas rellenas industriales, masas dulces o saladas industrializadas y un largo etcétera. El riesgo es mayor en personas con síndrome de intestino irritable u otras condiciones digestivas previas. A esto se suma el aire que se traga al masticar (aerofagia), que puede generar hinchazón, y la advertencia para pacientes con fenilcetonuria, porque casi todos estos chicles usan aspartamo, que aporta fenilalanina.

Además, los chicles  llevan humectante (glicerina), emulsionantes (lecitina de soja, mono y diglicéridos de ácidos grasos), acidulantes, saborizantes y, en muchos casos, colorantes sintéticos. Varios chicles argentinos llevan colorantes con cuestionamientos regulatorios, como el rojo 40/allura, la tartrazina y el amarillo ocaso FCF.

Cuidado dental

El chicle con azúcar acarrea un problema conocido: es cariogénico, porque el azúcar fermenta en boca y alimenta a las bacterias que producen ácido. El chicle sin azúcar pareciera resolverlo, pero traslada el conflicto a otros ingredientes problemáticos. Los edulcorantes no calóricos no están libres de controversia. El caso más relevante es el aspartamo: en 2023 la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC, de la OMS) lo clasificó como “posiblemente carcinogénico para los humanos” (grupo 2B), mientras que el comité conjunto FAO-OMS de expertos en aditivos (JECFA) mantuvo sin cambios la ingesta diaria admisible, por considerar insuficiente la evidencia para modificarla. Es una controversia abierta entre agencias.

Lorena Panetta es odontóloga, especialista en Odontopediatría (UMAI) y Lic. en Nutrición (UBA). “No recomiendo el chicle con azúcar ni sin azúcar: no recomiendo el chicle, ni en niños ni en adultos. Con azúcar, sumamos el riesgo cariogénico: el azúcar es una de las principales causas de formación de caries y es algo que veo a menudo en el consultorio, sobre todo en niños. Sin azúcar, tienen edulcorantes, que tampoco se recomiendan en niños. Además pueden generar alguna alteración metabólica.”

“Hay algunos estudios que señalan que el xilitol y el eritritol disminuyen ciertas bacterias que desarrollan caries, las Streptococcus mutans. Pero hay millones de otros hábitos preventivos más benignos para recomendar antes que mascar chicle con esa finalidad.” Panetta se refiere a estudios como la revisión de 2024 en European Archives of Paediatric Dentistry, sobre estudios de 1974 a 2022, que encontró un efecto estadísticamente significativo sobre la cantidad de esas bacterias y la placa dental. Sin embargo, alineada con el comentario de la especialista, otra revisión sistemática de 2021 concluyó que la calidad de la evidencia sobre chicles solo con xilitol en niños es “muy baja” y resultó insuficiente para recomendar su uso con ese fin puntual: un tema con resultados dispares según el diseño del estudio. Lo unánime: el chicle no reemplaza el cepillado ni elimina la placa ya formada, su función sería auxiliar.

Más allá del azúcar o los edulcorantes, el hábito en sí de la masticación sin comer y la acción de conservar en la boca un trozo de goma tiene sus complicaciones, según la Dra. Panetta: “En los niños más chiquitos, podemos sumar el riesgo de atragantamiento y asfixia, y además hay una sobrecarga de los músculos del cuello y la cabeza, que además se pone en riesgo la articulación temporomandibular. Todo ese sistema muscular, nervioso y articulatorio está en desarrollo en la infancia, y no es bueno que esté sufriendo permanentemente esa sobrecarga de estímulos al mascar que implica consumir chicle.”

En la bibliografía médica internacional, el riesgo más documentado del consumo cotidiano de chicle recae sobre la articulación temporomandibular (ATM). Un estudio en pacientes con disfunción de esa articulación encontró que masticar chicle fue uno de los factores parafuncionales más asociados al cuadro, presente en el 60,7% de los casos relevados. Odontólogos de Harvard y de la Cleveland Clinic recomiendan limitar el consumo a menos de 15 minutos diarios en personas sin antecedentes, y evitarlo en quienes ya sufren de bruxismo o trastornos de ATM.

Buscar saciedad y encontrar problemas

Pareciera que masticar chicle “engaña” al estómago y reduce el hambre. De bajo costo, accesible en cada esquina y transportable en el bolsillo, puede funcionar como recurso informal para calmar el hambre entre comidas. Pero el chicle no aporta ningún nutriente.

Para la Dra. Sandra Maximino, especialista en salud hormonal y disruptores endocrinos, “esto abre una pregunta mucho más interesante: ¿qué ocurre cuando nuestro sistema nervioso recibe reiteradamente una señal de dulzor sin recibir la energía que normalmente acompaña a ese estímulo? Con un chicle sin azúcar tenemos una señal sensorial intensa de dulzor, pero el aporte energético puede ser muy pequeño o nulo.” Para ilustrarlo, narra un ensayo aleatorizado publicado en 2025: 75 adultos recibieron bebidas con sucralosa (edulcorante no nutritivo), sacarosa (azúcar) o agua. Frente a la sacarosa, la sucralosa produjo una mayor respuesta hipotalámica y mayores niveles subjetivos de hambre; además, a diferencia de la sacarosa, no produjo el aumento periférico de glucosa que se asoció con una reducción de la actividad hipotalámica. Los autores plantearon que los edulcorantes no calóricos pueden modificar mecanismos cerebrales involucrados en la regulación del apetito (DOI: 10.1038/s42255-025-01227-8). Maximino es cuidadosa: “Esto no demuestra que un chicle ocasional provoque hambre ni que todos los edulcorantes produzcan el mismo efecto. Pero sí demuestra que la relación entre dulzor, energía y cerebro es mucho más compleja de lo que durante años se pensó. Y esta es una distinción que me parece fundamental: que algo no eleve la glucemia no significa que sea metabólicamente neutro.”

Para la especialista, el problema no es el consumo ocasional. “Mi preocupación aparece cuando el chicle se transforma en un hábito permanente: varios chicles todos los días, durante muchas horas, utilizado para controlar el apetito, reemplazar comidas, manejar ansiedad o mantener constantemente el estímulo dulce. En ese contexto, mi recomendación sería disminuir la frecuencia y recuperar una relación menos dependiente del sabor dulce.”

Masticar plástico y descartar plástico

La goma base de la mayoría de los chicles industriales es un polímero sintético no biodegradable, químicamente similar a los plásticos comunes. Su descomposición puede tardar décadas y, según algunas estimaciones publicadas en Nature, hasta más de mil años en ciertas condiciones. Esto convierte al chicle desechado en la vía pública en uno de los residuos urbanos más difíciles y costosos de remover: en Londres se estima que sacar cada chicle pegado en la vereda cuesta más que lo que costó el producto en sí.

A eso se suma un hallazgo reciente: un estudio piloto presentado en 2025 en la reunión de primavera de la American Chemical Society, de investigadores de la UCLA, encontró que masticar libera microplásticos directamente en la saliva, entre cientos y más de tres mil partículas por unidad, con la mayor liberación en los primeros ocho minutos. Maximino comenta: “La propia masticación somete la goma a una intensa acción mecánica. Por eso, resulta razonable investigar la eventual liberación de partículas, aunque todavía no podemos traducir esto directamente en un daño endocrino clínicamente demostrado. Lo que sí considero relevante es la exposición repetida y crónica a productos ultraprocesados que combinan polímeros, aromas, colorantes, acidulantes, edulcorantes y otros aditivos, especialmente cuando forman parte de un hábito cotidiano, en su conjunto pueden afectar a la salud hormonal”.

Por Natalia Kiako - Economía Sustentable