Chubut Para Todos

La pelota y la campaña contra Argentina (la paja en el ojo ajeno)

A los argentinos (¿qué duda cabe?) nos gusta pensar que el mundo nos mira con una mezcla de asombro y admiración, pero en verdad el mundo casi nunca nos mira; salvo cuando rueda una pelota o cuando alguien, en un despacho con calefacción central, necesita inventarse un villano a la medida de sus propias culpas.

Ocurrió de nuevo ahora, tras la final del Mundial en Nueva Jersey, donde España nos ganó bien en la cancha (bah, nos pasó por encima) mientras afuera, en ciertas pantallas chicas y en el enjambre de las redes, se montaba una comedia indescifrable sobre nuestros supuestos e imperdonables pecados originarios.

Miren a qué altura del partido (bueno, no “del partido” en sentido estricto) determinados sectores, amplificados por algunos analistas y figuras públicas descubrieron, con la grandilocuencia de quien inventa la pólvora, que los argentinos somos racistas, violentos, tramposos, fanfas, etc. Sería absurdo y deshonesto metérselos a todos en la misma bolsa —muchos españoles y europeos sensatos miran con estupefacción este circo mediático y guardan por nuestra tierra un afecto sincero—, pero me parece que semejante atrevimiento en esos focos ruidosos habla menos de nosotros que de quienes lo divulgan, necesitados de un enemigo de diseño para sentirse virtuosos. O vaya a saber qué necesitan.

El fútbol, esa mitología menor, les dio la excusa perfecta a ciertos grupos de opinión. Perdimos la final y pretendieron endilgarnos un estigma. No pocos medios —aunque afortunadamente no todos— repitieron la fábula como un catecismo: Argentina es culpable, Milei es culpable, los hinchas son culpables. La culpa, como el tango, se exporta bien. Bueno, del tango al menos no escuché ninguna crítica.

Lo curioso es que toda campaña contra un país es también una campaña a favor de otro. Cierta intelectualidad de trinchera busca mirarse en el espejo argentino para tranquilizarse: de este lado la barbarie, de aquel la civilización pulcra. Borges hubiera sonreído: la barbarie, como la civilización, es una ficción que depende del narrador. Gracias, JLB.

En definitiva, la “campaña anti-Argentina” que instalaron algunos voceros es menos un ataque que un elogio involuntario. Si nos dedican tantas páginas, tantos exabruptos y tanta indignación empaquetada, es porque seguimos ocupando un lugar en su imaginación. Y acaso, como todo lo que se imagina demasiado, terminemos siendo más reales que ellos mismos.

Todo empezó antes del silbato inicial, cuando al actor Samuel L. Jackson (que vive en el país que tuvo una guerra por la esclavitud, que se cobró más de 600.000 muertos, y que vio nacer al KKK) le dio por erigirse como fiscal moral de la humanidad y publicar un mensaje pidiéndole a la gente negra del mundo que no hinchara por la Selección Argentina, acusándonos de ser el país más racista de la tierra.

Omitiré anotar palabras creadas específicamente para ofender a don Samuel. Solo diré que hay que tener coraje o una memoria muy esquiva (como diría Pfleger) para escribir eso desde Estados Unidos, un país donde hasta hace no tanto la gente comía en restaurantes separados según el color de la piel (por mencionar solo una de las formas de discriminación), mientras por estos barrios la Asamblea del año XIII ya había firmado la libertad de vientres antes de que supiéramos bien cómo llamarnos.

Pero la historia nunca fue el fuerte de los inquisidores con teléfono inteligente, ni tampoco de ciertas salas de redacción como la de The Washington Post, que ya en el Mundial anterior se preguntaba con gravedad académica por qué en nuestro equipo no había jugadores negros, como si en el barro de los clubes de barrio de Fiorito, de Rosario o de las Canarias donde se crio Nico Paz se eligiera a los pibes por el árbol genealógico y no por la magia que llevan en los pies.

Cuando el partido terminó y la tristeza de Messi y de Scaloni se cruzó con los chispazos lógicos del vestuario —un agarrón de Paredes, un empujón del Ratón Ayala tras la provocación y el insulto de Dani Olmo, nada de lo cual es digno de aplauso—, la maquinaria de indignación de cierto progresismo mediático volvió a encenderse con la precisión de un reloj suizo.

Sectores de la izquierda europea, columnistas de moda y hasta el mismísimo Yanis Varoufakis salieron a festejar no el fútbol, sino el triunfo de un «multiculturalismo» de pancarta contra la supuesta barbarie austral. En el medio se sumaron las voces de Arturo Pérez-Reverte, de la cantante Rosalía y del actor Javier Bardem agitando banderas, mientras en Madrid el presidente Pedro Sánchez sonreía complacido, sabiendo que para algunos armados de política interna no hay nada más provechoso que señalar la paja en el ojo ajeno y convertir un partido de fútbol en un tribunal de la fe progre para desgastar, de paso, al gobierno de Javier Milei.

Como bien lo explicó el periodista Fernando González en El Observador y en la radio, los grandes beneficiados de esta batahola no estuvieron únicamente en la cancha, sino en los despachos donde se financian ejércitos de trolls y se fabrican sermones para el consumo diario. A esos acusadores selectivos poco les importó que los señalamientos provinieran de naciones con imperios coloniales a sus espaldas, o que los festejos en la propia Europa terminaran con ataques violentos de activistas vascos en Bilbao o insultos desmedidos en el metro madrileño.

Nos juzgan con la doble vara de esa porción de la opinión pública que se cree limpia porque vive en el Norte, olvidando que este país, lleno de contradicciones, de dolor y de pobreza, se hizo con los brazos de los indios, de los criollos y de los inmigrantes que bajaron de los barcos sin pedirle carnet de pureza a nadie.

Al final, después de tanto griterío y tanta lección de moral importada por parte de esa tribuna inquisidora, sospecho que esa indignación no es más que el viejo truco del espejo: nos acusan a nosotros de lo que no se atreven a mirar en sus propias casas.

Por Alejandro Javier Panizzi