Miranda, profesora de arte, acababa de separarse y de tener otras relaciones que habían sido un completo desastre. Cada vez que entraba a la carnicería de la vuelta y veía a Raúl, un joven morocho de mirada filosa y varonil hasta la médula, algo en su cabeza —y en su cuerpo— se encendía
“Te voy a contar lo que pasó dentro de mi cabeza enamorada”, dijo Miranda, de 45 años, artista por vocación y disruptiva por elección. Se la ve como una mujer con los años bien puestos y la cabeza colocada. Estamos en un café con ella dispuesta a relatar lo que transcurrió dentro de su mente alocada. O podríamos decir embarullada de amor.
Miranda vivía en su atelier de Palermo cuando un día en la carnicería se enamoró enloquecidamente de alguien muy real. El tipo era fornido, morocho, simpático. “Dueño de unos ojos filosos que te cortaban en dos”, describe a las carcajadas.
Ella, pintora y profesora de arte de un secundario de buen nivel de la zona, vivía en un segundo piso a la calle sin ascensor. Para esta época cuenta que se había separado hacía poco de otro profesor venido a menos, muy enojado con lo difícil que es vivir de la vocación, y había pasado sin gloria por un par de romances “sin tripas”.
“Mi pareja se había convertido en un plomo amargado. Estuvimos unos seis años juntos y la verdad es que no puedo entender cómo fue que estuve tanto tiempo. Tenía un carácter difícil, siempre enojado con la vida porque no le alcanzaba la plata para lo que quería y era de pocos amigos. Creo que me unió con él mi costado más complejo y mi soledad. Juntos decidimos que no tendríamos hijos, yo ya estaba al filo de la edad. Tampoco me mataba la idea de ser madre y pasaba mis días con demasiados adolescentes como para pensar en criar uno”, Miranda se ríe y dice por lo bajo que el humor siempre está bueno para desdramatizar y quitar importancia a las cosas que no la tienen. Continúa mientras revuelve su café sin azúcar, sin edulcorante, pero para el que pidió, para mi sorpresa, un sobrecito de sal y le tiró una pizca. “Decidimos que no tendríamos hijos, que no nos convertiríamos en padres y viendo que solo compartíamos un perrito rescatado que estaba en las últimas, un día me di cuenta de que necesitaba sonrisas. Fue en un viaje que él hizo a Córdoba y salí con amigas del trabajo que me di cuenta de que si lo dejaba de ver también podía tener una vida. Hice el planteo y pocos meses más tarde nuestro perro se murió y él se fue. Las dos cosas sucedieron al mismo tiempo. Era como un destino inexorable. Recuperé la tranquilidad de mi casa y lo más importante fue que recobré la sonrisa y el disfrute. Claro que esto lo logré con el coraje juntado en mis sesiones de terapia. Comencé a ver la vida de una manera más lúdica, menos responsable y severa. Me atreví a ser distinta y a vivir situaciones que en otra época me hubieran parecido descabelladas. Un día salí con un tipo que conocí en la parada del bondi. Ufff, fue un completo desastre que duró casi tres meses, pero me di cuenta a tiempo. Jamás se instaló en mi casa. Un divague de la soledad. Otra vez creí enamorarme del encargado viudo de la casa de mi madre. Otro disparate que me permití en mi nueva manera de habitar mi yo. No teníamos nada que ver. Su vida era muy chata, el arte no permeaba por ningún lado, no había leído un libro en su vida. Solo le interesaba el alcohol, en exceso y jugar a las cartas. Huí en un par de meses de esa historia sin convivencia, sin lágrimas y sin secuelas, por suerte. Así fue que un día de esos me encontré mirando al carnicero de la vuelta. El tipo se restregaba las manos sobre su delantal blanco teñido de rojo. ¡Y me pareció tan sexy!”.
El amor en el circuito cerebral
Miranda no comía carne. Era vegana en ese entonces, pero había ido a comprar algo para su madre que sí necesitaba consumir proteínas para mantenerse bien y en peso.
“A los meses de mirar a Raúl cortar con cuidado las milanesas de peceto y los bifecitos de lomo yo ya había vuelto a engullir carnes rojas”, dice con una carcajada.
Lo suyo no era convicción, era moda pasajera. “El retorno a la carne fresca fue natural y sin culpas” sostiene con mirada pícara.
“Con tanto lomo joven frente a mis ojos, porque Raúl no tendría ni 33 años, jajajaja no necesitaba más… pero compraba y compraba y freezaba y freezaba. Tenía llena la heladera de mamá y la mía, pero volvía porque necesitaba verlo. Cuando me di cuenta de lo mucho que me gustaba ya estaba al horno con papas”, bromea.

De Raúl solamente sabía lo básico: que vivía lejos, que tenía hermanos más chicos, que su madre estaba con algún problema serio de salud, que su padre los había abandonado allá lejos en el tiempo. Eso supo mientras su mirada recorría a Raúl para alimentar su sed de amor. Sus manos sabias recorriendo la carne, sus ojos afilados como dagas rebanando la grasa de las milanesas de nalga o peceto, su sonrisa ancha llena de dientes blanquísimos, sus espesas cejas negras emergiendo debajo de su cofia inmaculada. Varonil hasta la médula. Sereno como un cirujano. Seductor pringado de rojo.
“Me ponía la piel de gallina”, dice Miranda sin vergüenza: nada más seductor en la vida. Nunca había tenido tanto deseo. Semana a semana ese revoltijo de emociones me desbordaba. En el medio tuve algún que otro amorío con el que tenía sexo pensando en la cara y el cuerpo de Raúl. Mi amor era unidireccional, lo sabía, pero no me importaba. Me alcanzaba para sobrevivir ese tiempo tan anodino. Raúl le ponía color a mi vida en blanco y negro. Cuando lo veía se me iluminaba el día y la noche”.

Miranda acepta que había onda. Que se tiraban chistes y que se arrancaban alguna carcajada. “Ese tipo era más inteligente que muchos. Tenía acidez, tenía ternura, tenía picardía”, asegura. Se volvió costumbre para ella ir todos los martes y algunos viernes. Se pasaban, cada vez, una media hora charlando. Era la cita más esperada por Miranda en la semana, la que le daba ánimos para los días de trabajo y le infundía alegría. Ilusión. Pensaba qué ponerse antes de ir. No tenía que ser demasiado obvio, pero quería que él la viera bien. Un poco de maquillaje cuidado, el pelo sin canas, las manos cuidadas. A Miranda le molestaba cuando otras clientas interrumpían la charla, pero no había otra que aguantar. Hacía tiempo con cualquier excusa y volvía a sacar tema. Raúl ya se había acostumbrado a su presencia más larga que la habitual en las clientas y la miraba a los ojos. Miranda se derretía ante el láser de las pupilas oscuras que la desnudaban. Eso sentía ella.

“No me miraba desafiante ni conquistador. Me miraba como cualquiera, pero sus ojos me atravesaban y yo sentía que me desvestía. No sé cómo decirlo. A mí todo lo que él hacía con su cuerpo, su movimiento, su manera de hacer las cosas del otro lado del mostrador, me generaba deseo, pasión. No sé, era una locura. Nunca pregunté sobre su vida privada. No me animé a pasar a otro plano. Ni él sugirió nada tampoco. No sé si él se daba cuenta del poder magnético que tenía sobre mí, pero creo que sí. Nunca supe si tenía novia o mujer o hijos. Lo que él me despertaba era un amor carnal. Si alguien alguna vez sintió algo parecido con una persona con la que no pasaba en el plano físico nada, me va a entender. Lo que se dio fue sin haber contacto. ¡Contactless!”, Miranda vuelve a reírse, le hace gracia animarse a pensar distinto, “creo que si nos tocamos las manos sin querer cinco o seis veces es mucho. Era cuando me daba el paquete, el envoltorio mágico. A mí esos roces me alcanzaron para conocer otra sintonía sexual, una forma de sentir sin tanta piel. ¡No me hizo falta acostarme con él para hacer el amor! Lo hice en mi cabeza mil y una veces. Maravillosamente bien. Quizá mejor de lo que hubiera sido si se concretaba. Así que este amor nació y murió virgen de desánimo, de peleas, de egos o de todo lo malo que puede haber en una relación. Fue el amor perfecto y me duró unos cinco meses”.

Todo terminó el día en que Raúl dejó de estar del otro lado. Un martes en el que Miranda al llegar se encontró con un señor seco, medio pelado y malhumorado. Preguntó en la caja y la chica le dijo que había muerto la mamá de Raúl y que él había decidido no volver al trabajo porque vivía muy lejos, en zona sur. Quién sabe qué lo retuvo o si solo fue un cambio de carnicería o de barrio para estar más cerca de su casa. Vaya a saber.
Para vivir un gran amor no hace falta que sea cierto. Que sea de carne con hueso, digo. Mejor dicho, dice ella, Miranda: “Hablamos de ese amor en el que dos personas se amasijan a besos y repiten frases y diminutivos hasta que se marean mientras se prometen la cursilería de dormir “en cucharita” el resto de sus vidas. Esta época donde cualquiera se percibe como le da la gana, yo puedo contar mi teoría y mi práctica. Hay grandes amores unilaterales”, apuesta Miranda.

A Miranda le dolió perder a Raúl. Es difícil contradecirla diciendo que eso no era un gran amor sino una fantasía no concretada. Ella se ofende e insiste con la idea de que se puede experimentar amor sin contrapartida, que la sola vivencia personal alcanza para que quepa en la definición. Que una gran historia no requiere como característica excluyente una convivencia o interacción sexual consumada.
“¿Por qué crees que vos podés tener la definición perfecta y que lo que te digo no es como lo pienso yo? Para mí Raúl representó un verdadero gran amor”, lanza desafiante.
Discutir no tiene gollete porque Miranda está divertida con la idea de subvertir la realidad a la que andamos acostumbrados los periodistas: hechos, hechos y hechos. La de ella es una historia de deseos, con fantasías, sueños eróticos y compuesta de un material tan incierto e intangible que jamás sería noticia. ¿O sí? Ella tiene derecho a llamar como quiera a aquello que la atravesó. Quién es el resto para contradecirla.
Por Carolina Balbiani – Infobae

