Un 17 de agosto de 1850 fallecía en Boulogne Sur Mer, costa francesa del Canal de la Mancha, el glorificado “santo de la espada” (R. Rojas, 1937). A mediados del siglo XIX Europa occidental iniciaba su “segunda” Revolución Industrial cuando arreciaban nuevos impulsos hacia el constitucionalismo monárquico.
Inaugurado en el siglo XVII por Gran Bretaña, había sido desencadenado irremediablemente por la Francia revolucionaria y brevemente republicana. Una suerte de monarquía liberal parlamentaria para capear tendencias criollas anárquicas, propuesta en 1816 por Manuel Belgrano –con un rey inca en el Cuzco y la división en tres poderes de Montesquieu-, fue apoyada por José de San Martín a punto de devenir el Gran Capitán de los Andes. Mucho antes de que la pluma de Bartolomé Mitre lo elevara a “Padre de la Patria”. El bicentenario de su apoteótico cruce cordillerano y el triunfo de Chacabuco al inicio de la campaña libertadora en Chile, celebrose en febrero pasado. En 1822 San Martín proclamará la libertad peruana. La guerra de independencia culmina en 1824 bajo Bolívar y Sucre, vencedores en Ayacucho, Alto Perú (Bolivia).
Mientras el “Instituto Nacional Sanmartiniano” cumplió a 167 años de su muerte con el ritual anual de homenaje en la plaza homónima, éste año la editorial Tadea, activo think tank de defensa y seguridad, presentó la noche previa en el Regimiento de Granaderos a Caballo el libro “Bicentenario del Cruce de los Andes: historias ilustradas de la gesta sanmartiniana”, con la dirección del Tte. Cnel. (RE) Gustavo Gorriz y auspicio de la Sociedad Militar Seguro de Vida. Los escuetos fastos finalizaron en la Escuela Superior de Guerra. Allí el Dr. en Historia, Tte. Cnel. (RE) C. Morales Gorleri, reseñó la biografía del Libertador amenizada con el folklore del chalchalero Pepe Figueroa, en la velada titulada “La historia y la música honran al Padre de la Patria”. Un tópico común se reitera en los actos recordatorios de su vida: la negativa de San Martín a desenvainar su sable por opiniones políticas y su rechazo visceral a las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX. En 1820, en una proclama desde Chile a las Provincias del Río de la Plata, negábase a contribuir con su ejército a aplastar los caudillos provinciales y renunciar a la empresa de libertar al Perú: “…suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. No, el general San Martin jamás derramará la sangre de sus compatriotas, y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sur América”. Todavía hay quienes, de uno y otro lado de las “grietas”, heredadas o coetáneas, justifican sin autocrítica, arrepentimiento o compasión, la violencia fratricida de la segunda mitad del siglo XX; otros la repudian, pero temen oponerse al abuso ideológico, político y económico de aquella desgracia para no ser acusados de enemigos de los DD.HH.; y algunos, aunque parezca mentira, incitan a replicarlas.
Las ofrendas florales depositadas el pasado 17 de agosto ante la estatua ecuestre de San Martín, por los embajadores de España, Chile y Perú, los jefes de las FF.AA, y de Seguridad, y asociaciones de inmigrantes, denotaron por su ausencia las de la Presidencia, jefe del gobierno de la CABA o del Congreso Nacional. Débil significado tiene la ejemplaridad sanmartiniana para la clase política. ¡Exactamente igual que hace 200 años! ¿Se tiene plena consciencia de porqué fue sólo un sexenio (1812-1815; 1823) el tiempo en que vivió, luchó y gobernó en el Litoral, el Noroeste y Cuyo, el padre “abandónico” de nuestra nación? ¿O que el otro sexenio (1817-1822) lo pasó en Chile y Perú? Apenas 12 de sus 72 años de su azarosa vida desde la pre adolescencia!
En 1784 aquel misionerito moreno de Yapeyú cumplía sus 6 años viajando desde Buenos Aires a Cádiz. Ingresado al ejército real en 1789 con sólo 11 años como cadete de infantería al día siguiente de la toma de la Bastilla, a los 13 tuvo su bautismo de fuego en el Magreb contra los moros de Orán. Como subteniente y teniente guerreó y fue prisionero de los franceses en el Rosellón y de los ingleses en el Mediterráneo. Y trascendiendo la rutina del cuartel el joven militar andaluz forma su propia biblioteca enciclopedista y pluri idiomática de más de 700 volúmenes. Abraza así la “Ilustración” filosófica, científica y política adversa al oscurantismo absolutista. Increíblemente los acarreará consigo por mar y tierra durante su campaña de liberación continental e irá donándolos al fundar las bibliotecas de Mendoza, Santiago de Chile y Lima. En 1808, condecorado por su bravura en Arjonilla y Bailén, primera derrota de Napoleón en la península ibérica, es ascendido a capitán y Tte. Coronel de caballería. Ayudante del general español marqués de Coupigny, aprendió a conducir grandes ejércitos con los generales Carr Beresford (el de la primera invasión inglesa) y el duque de Wellington (futuro vencedor de Napoleón), aliados de España contra el invasor francés en la campaña del Portugal. Completada su experiencia sobre tácticas y estrategias europeas, e iniciado en las conspiraciones de una logia secreta de Cádiz con americanos independentistas, pide la baja en 1811 con 33 años. Durante cuatro meses se reúne en Londres con otros patriotas y viajando a América en febrero de 1812, cumple sus 34 años yendo a luchar hasta 1822 otra guerra de independencia. En 1824, un año y medio después de regresar a Cuyo, el ex Protector del Perú, ignorado, hostigado y aún amenazado por quienes en Buenos Aires recelaban su liderazgo y su diálogo con los caudillos del litoral, embarca con su hija a Francia apenas cumplidos sus 46 años.
Rechazada su presencia y deportado por la Restauración borbónica como un peligroso “general republicano”, es agasajado como “ciudadano ilustre” en el norte de Escocia por el conde Mac Duff, antiguo camarada en España. Luego habitará un quinquenio en Bélgica y en los ´30 constituirá su hogar definitivo en Grand Bourg, París. Desde Bruselas intentará influir sin éxito en un destino de paz y concordia para sus coterráneos. Llegado a la rada de Buenos Aires en 1829, rechaza el ofrecimiento de la jefatura del ejército unitario, frustrándose el intento de afincamiento en su amada Mendoza. Aplaudirá más tarde, desde París, la defensa del Restaurador contra el bloqueo anglo-francés. Le ofrece concurrir a la lucha y condena la alianza de los unitarios con Francia (entre ellos sus propios cuñados y sus amigos perseguidos por Rosas). Sin embargo, suscita su crítica un régimen tiránico y el asesinato de adversarios. No acepta la embajada en Lima que en 1839 le ofrece Don Juan Manuel -a quien empero legará su sable por la lucha en la Vuelta de Obligado- aduciendo que la pensión vitalicia que percibe como generalísimo del Perú le habría impedido cumplir con ese doble empleo y remuneración. Ejemplar decisión ya que ningún gobierno argentino le pagará nunca su retiro como brigadier general. Lamenta A. Capdevila, en las vísperas del inicio de un largo enfrentamiento que aún nos envuelve, que al privarlo para siempre “del refugio de nuestra buena y probada voluntad de libertad y orden, su espíritu errará muy lejos de los lindes de la patria, en una especie de ostracismo de la gloria, semejante al que en su vida corporal hubo de sufrir por nuestras discordia”. (“El pensamiento vivo de San Martín”, Losada, 1945).
Al morir antes del inicio de la organización nacional iniciada en 1853, Don José no podrá observar la institucionalización fruto de sus desvelos. Mayor dolor hubiese sido ver qué hicieron de la Argentina contemporánea los herederos de quienes desterraron, junto con su cuerpo, su espíritu de justicia y libertad. No quisieron ni pudieron repatriarlo junto a las cenizas que guarda la Catedral desde 1880.
Gustavo Druetta: Sociólogo, periodista y Ex teniente de Artillería (1965-1970).

